Niúláng era un pastor sencillo; en su vida la riqueza había sido esquiva y los sueños, su único sustento. Zhīnǚ había heredado la noble labor de hilar las nubes del firmamento. Una noche, Zhīnǚ descendió del cielo y, desde la colina, vio a un pastor humilde que le cautivó el corazón —no por su aspecto, sino por un alma rebosante de amabilidad, por esa calma suya que parecía contener miles de sueños a punto de escaparse.
El pastor, a su vez, la vio a lo lejos: hermosa y radiante, decidida pero con una inocencia que la hacía aún más cercana. El viento movía sus ropajes con suavidad; por un instante todo pareció un sueño perfecto, hasta que una ráfaga inclemente la arrancó y la llevó de nuevo al cielo. De vez en cuando se encontraban en las colinas, robando horas al destino, hasta que el amor pudo más y decidieron casarse.
La noticia perturbó los cielos. La Reina Madre del Cielo, ofendida por lo que consideró un sacrilegio, actuó con mano implacable: tomó la Vía Láctea y la interpuso entre los dos, separándolos para siempre —Niúláng quedó en la estrella Altair y Zhīnǚ en Vega. Aun así, su amor fue más fuerte que la distancia. Conmovidas, las urracas forman cada año un puente sobre la Vía Láctea, el séptimo día del séptimo mes lunar, y por una sola noche los amantes pueden abrazarse otra vez.
Puede gastar una partícula de calma para bajar dos emociones a la vez. Pero si las dos están erradas llevaría doble castigo.